Literatura y arte

desde el centro

del Mundo.

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La Serpiente del Paraíso y otros cuentos

El Fuego.

El cincuentón Francisco Manzano, conocido abogado solterón de malas costumbres, estuvo mirando la televisión durante horas y esperando en vano que alguien le llame. Por la tarde no soportó más permanecer cerrado en su domicilio, así que decidió salir, apenas se puso algo presentable encima y salió a la calle a caminar sin rumbo; estaba con la barba crecida, el cabello desordenado y la cara de loco.

El lunes en la mañana despertó con ese mismo sentimiento de no saber qué hacer, a pesar de tener una cantidad considerable de trabajo acumulado y clientes que no le pagarían si no les entregaba sus trabajos terminados. Francisco lo sabía, pero debido a esa eterna lucha que sostenía mentalmente contra sí mismo, encontró mil y una coartadas para no trabajar y abandonarse a esa especie de sopor ansioso que lo venía persiguiendo más de dos semanas, se preguntaba: “¿Pero, carajo, qué me sucede?”

Pasó el día caminando sin rumbo por los centros comerciales y comiendo de todo en los restaurantes de la ciudad, por la noche fumó de manera inusual. El martes, confundido y molesto decidió visitar al médico, para lo cual se preparó durante la mañana, es decir, se afeitó, bañó y cambió para estar presentable. Por la tarde esperó ansiosamente que dieran las cinco de la tarde, la hora de su cita. A las 4:10 p.m. no soportó más la espera, apagó el cigarrillo que tenía prendido y salió disparado para el consultorio; pero no llegó. En el camino, el voluble Francisco fue abordado por un automóvil lleno de amigos, sin pensarlo dos veces subió y se perdió con ellos hasta muy entrada la noche. Terminó bailando frenéticamente con las mujerzuelas que animan las noches en las discotecas. Al volver a casa durmió pensando: "¡Qué mejor, me gasté la plata de la consulta en una buena juerga y no le pagué ni un peso al pendejo del médico! Creo que me hacía falta esta juerga. ¡Sí, eso era! Cada vez que me sienta mal, voy a buscar chiquillas y me iré a bailar. ¡Sí señor!"

***

Así, Francisco durmió creyendo haber hallado la solución a su inexplicable estado. Al día siguiente, despertó peor, más ansioso y preocupado. Pensó: “¿Y la juerga? ¿No ha servido de nada acaso?” Se dio un baño porque era demasiado el trabajo que tenía acumulado y los clientes ya estaban poniéndose molestos, se cambió y salió ansioso a comprar alimentos para el desayuno, al regresar, sacó tres velas nuevas de la bolsa. Intrigado, recordó haberlas comprado junto a los alimentos, se preguntó “¿Y por qué demonios he comprado las velas?” Ni bien terminó de pensar, se paró y se dirigió como un autómata a prenderlas. Se sentó en el sillón para verlas arder; estaba hechizado viendo el fuego, esperó hasta que se consumieran hasta la mitad. Luego que despertó de su estado hipnótico, sacudiendo la cabeza, dijo: “¡Vaya qué tal distracción, tengo que ir a mil lugares!”

Apagó las velas y salió a sus quehaceres en el centro de la ciudad, sin embargo, durante la mañana no pudo dejar de pensar en las velas encendidas, las veía en su mente, ardiendo y convirtiéndose en gigantescas llamas que devoraban la ciudad, se puso a pensar en Nerón y el incendio de Roma, en los cristianos cuando morían en la hoguera. Al volver a casa entró apurado y frenético hasta la salita donde había dejado las velas y las volvió a prender, esta vez se olvidó de su almuerzo, quedó extasiado mirando el embrujo del fuego, sentía que lo llamaba. Cuando volvió en sí, ya eran las cuatro de la tarde y nuevamente dijo: “¡Diablos, no he almorzado!”

Fue a almorzar algo, ni siquiera sentía hambre, almorzó sólo por el condicionamiento que los adultos tenemos con los alimentos. Mientras se alimentaba pensaba en el fuego que había transformado los alimentos crudos en cocidos, miraba el sol de la tarde y pensaba: “Finalmente también es fuego, la materia es fuego condensado. No puede existir la realidad sin el fuego”. Luego salió a la calle hablando en voz alta, reflexionando acerca de las innumerables cualidades materiales y espirituales del fuego.

Al volver a casa en la noche, se dio cuenta que ya no tenía velas. Decidió reunir unos cuantos muebles viejos, papelería, cartones, ropa usada que estaba estorbando y cómo no, algunos objetos no tan inútiles, como una silla del comedor, una mesita de centro y algunos maderos que había comprado para hacer reparaciones.

Sería las diez de la noche y estaba como poseído, no razonaba ni pensaba cuerdamente, todo lo que quería era ver un gran fuego, donde sea y como sea, lo que le quedaba de razón lo utilizó para armar una gran pira en el patio de su casa. Salió corriendo, apresurado, llevando una galonera hacia la estación de gasolina, distante a una cuadra. Adquirió varios litros de kerosén y regresó lo más rápido posible, roció poco a poco el combustible y encendió una hoguera que pronto se convirtió en un hermoso fuego de tres metros de altura. Para mantenerlo, lo alimentó con todo lo que pudo, hasta que al final terminó echando al fuego varias frazadas y muebles de la casa, echó también varios libros antiguos, las tres botellas de brandy que estaba guardando para su cumpleaños. Mientras el fuego ardía, sus ojos de loco reflejaban la luz de las llamas, poco faltó para que él mismo se arrojara al fuego, en cierto momento pensó: “¡Sería fabuloso tener una docena de gatos para sacrificados!” Como no los tenía, sacrificó el oso de peluche que había comprado para obsequiarlo a la mujerzuela que salía con él.

Saltó y danzó como un primitivo alrededor del fuego, totalmente fuera de sí, poseído por el espíritu de las llamas, sintió que en medio del fuego existía una atmósfera que correspondía a los seres puros, ajenos a toda contaminación. De alguna manera, mientras danzaba frenéticamente se iba sintiendo renovado, liberado de las toxinas psicológicas que normalmente lo atormentaban. Danzó hasta que el fuego se extinguió y las cenizas comenzaron a volar por los aires. Finalmente, cansado, echó agua a las cenizas y se fue a dormir, con las pestañas y parte del cabello quemado, desnudo de medio cuerpo, pues en medio de su euforia había quemado su saco, su camisa y su corbata. Terminó su locura con el rostro enrojecido por el calor y ennegrecido por las cenizas. Durmió agotado y tranquilo.

***

Al día siguiente se levantó totalmente relajado, sin tensiones, ya no pensaba en las velas ni en el fuego, tampoco deseaba quemar nada. Sin remordimientos hizo el recuento de los bienes quemados y se dispuso a limpiar el patio, lleno de cenizas y restos de la fogata. Mientras limpiaba sentía que había realizado un acto ritual, que estaba libre de algo. No sabía precisamente de qué, pero se sentía tranquilo, su mente piromaniaca estaba en paz y podría seguir adelante sin problemas.
Durante la tarde su amante, al mirar su sala le preguntó sorprendida:
-¿Francis amor, y el mueblecito de las revistas?

Francisco la miró y se puso a circular por el ambiente. Después de unos cuantos pasos se detuvo al medio del salón, y mirando al cielo raso, levantando los brazos, le dijo con voz de sabio:
-Rosalía… muñeca, el fuego lo purifica todo, sus brazos inmensos son como espíritus que ascienden hacia la eternidad. Tú necesitas ser purificada. Así ascenderías a los cielos en forma de humo... Para la siguiente, estoy pensando en ti.

FIN.
Escrito en Cusco. 2001. - Autor: David Concha Romaña


José Luís Morales Sierra. "Fuego"

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