Literatura y arte

desde el centro

del Mundo.

Literatura y arte

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del Mundo.


Dioses, Hombres y Demonios

La Puerta del Infierno.

Manuel estaba sentado en una posición peligrosa en lo alto de un gran peñasco, en un lugar estratégico del Parque Arqueológico de Saqsayhuamán. Varias veces le advertimos del peligro que corría de accidentarse. Pasamos un buen rato advirtiéndole, hasta que nos dimos cuenta que la razón de su estadía en tal posición, parecía compensar el riesgo. Ignoraba insensatamente nuestros ruegos:

-¡Manuel, por favor, bájate de ese peñasco, no parece seguro!
-¡Manuel haz el favor de bajar!

No nos contestó y siguió sentado en lo que parecía ser una peligrosa saliente enclavada en el peñasco. No soporté la situación y decidí subir para hablar directamente con él. Al grupo le dije que yo mismo lo persuadiría para que baje del peñasco. Tomando valor, y haciendo uso de mis mañas de montañista, inicié mi escalada. Mientras ascendía iba advirtiéndole:

-¡No te vayas a mover muchacho, llegaré y te voy a ayudar a bajar! ¡Eres un terco!

Estaba escalando, tratando de que mis palabras lo persuadieran de no moverse de su peligrosa posición. Abajo, los amigos esperaban a la expectativa, tensos y nerviosos para ver si lograría ayudarlo a bajar. Cuando por fin, después de mil vericuetos llegué al lugar donde se hallaba, le dije:

-¡Manuel, toma la soga y no la sueltes, ten valor muchacho!

Estaba decidido a continuar con mis advertencias, cuando me di cuenta que Manuel estaba cómodamente sentado en una amplia y confortable roca labrada que cumplía magníficamente las funciones de un sillón. Quedé sorprendido y me senté junto a él, tomé una naranja lima, un cigarrillo y me acomodé, tan confortablemente que olvidé inmediatamente mi preocupación. El muy fresco no pronunció palabra, sólo me hizo un ademán con la mano derecha para que me acerque y mire junto con él, aquello que le parecía tan interesante, me acerqué pero no quise mirar nada, me acomodé en el sillón, perfecto para la columna vertebral, un respaldo magnifico, un amplio espacio para sentarse, y hasta un lugar para colocar los pies, ¡qué sillón! Olvidé todo y me repantigué a fumar y comer. En tal situación me reí de los amigos, mientras escuchaba sus gritos:

-¡Salvador por favor, si no puedes bajar avisa, podemos llamar a los bomberos! ¿Se encuentra bien Manuel?

-¡Sí, sí, estamos muy bien, no molesten más, si quieren suban!
-Contesté.

Estaba deleitándome sentado en el cómodo sillón labrado en la piedra. Cuando me harté de los gritos de mis amigos, los llamé. Luego de verlos aprestarse para subir, me puse a conversar con Manuel.

-Salvador toma los prismáticos y mira allá, al fondo, en aquella montaña.

-Más tarde Manuel, más tarde... más bien pásame el vino.

Continué repantigado gozando de la naranja lima y el vino. Desde mi punto de vista, estaba en el cielo, gozando de la comodidad del sillón y del magnífico panorama. Lo que no podía entender era por qué razón Manuel estaba pegado a los prismáticos mirando sin cesar a la montaña del frente. Me acomodé bien, me quité los calzados y dejé que mi cuerpo se caliente bajo el sol. Ese descanso me ayudó a despejar mi mente y relajarme de verdad. Descansando perdí la noción del tiempo, hasta que volví en mí con los ruidos producidos por los amigos: Juan, Fernando y Lyssi. Habían logrado alcanzar nuestra posición para ayudarnos a bajar. Cortaron abruptamente mi deleite mental. Me encontraba mirando las nubes, proyectando mis engramas psicológicos en ellas. (¡Qué molestia y atrevimiento, cortar mi relajación de tal manera!)

Llegaron agitados, preocupados y presurosos para ayudarnos a bajar del peñasco, pero, al igual que yo, quedaron con la boca abierta al ver que Manuel y yo estábamos cómodamente estirados y que no corríamos ningún peligro.

-¡Caramba, nos hemos preocupado por gusto! -Dijo Juan.

Todos nos acomodamos e iniciamos una animada plática, comiendo naranjas lima, tomando unos sorbos de vino, mirando el magnifico horizonte y la hermosa vista de la ciudad del Cusco. La comodidad del sillón nos indujo a no hacer nada e ir disfrutando poco a poco de los bocadillos que habíamos llevado a aquel paseo de limpieza espiritual: galletas de chocolate, pescado enlatado, frutas, agua mineral, chiri uchu, panes de trigo y otras delicias. Al deleite de la comida se añadió el deleite de la vista panorámica de la ciudad.

Mientras gozábamos de los rayos de nuestro padre sol y del ocio puro, Manuel insistía en hacernos ver la montaña del frente. Yo fui el primero en aceptar la oferta y miré, lo primero que vi fue la pradera plena de sol y flores, hermosa, pero nada inusual.

-Abajo Salvador, baja la vista y mira la base de la montaña. -Me recomendó Manuel.

Siguiendo sus instrucciones fui bajando los prismáticos y observando las faldas del cerro, hasta que llegué a la base. Me quedé sorprendido e intrigado por lo que vi. Se trataba de una gran cueva que conducía al interior del cerro, en la entrada estaban talladas en piedra, una serie de imágenes y símbolos, además, había flores y ofrendas diseminadas en lo que parecía ser un gigantesco altar. Uno por uno los amigos fueron apreciando la extraña vista. A partir de aquel momento, todos fingimos seguir disfrutando de la comodidad, sin embargo, estábamos inquietos por el deseo de ir hasta la montaña y enterarnos directamente de qué se trataba.

***

Luego de un rato, decidimos abandonar el lugar e ir a observar la gigantesca cueva. La montaña en cuestión estaba a unos tres kilómetros, de tal manera que no nos tomó mucho tiempo llegar. A medida que nos acercábamos, la vegetación se hizo escasa por el efecto de las numerosas fogatas que la gente había encendido allí. La cueva estaba enclavada en la roca del cerro, sobre la entrada había tallada una gigantesca figura zoomorfa, similar a una cabeza, parecida a la de un can mitológico, sus ojos eran dos hornacinas donde la gente había colocado flores y ofrendas. Al acercarme a la entrada me detuvo un fuerte olor a minerales fundidos. Hice una señal a los amigos para que se acerquen, todos sintieron la misma sensación, el mismo olor. Lissy nos preguntó:

-¿Qué es esta cueva, qué hay adentro? ¿No creen que deberíamos ingresar? Parece un lugar de adoración al diablo.

-¡Ni se atrevan! –Les advertí- Es una caverna que seguramente exhala gases venenosos, puede ser peligroso. Mejor sería sacarle unas fotografías e irnos.

Mientras conversábamos intercambiando puntos de vista, nos vimos sentados muy cerca de la entrada, fumando cigarrillos y hablando de manera beligerante. Manuel se paró y nos gritó:

-¡Son una tira de imbéciles timoratos, voy a ingresar enseguida para ver qué hay adentro!

Nos incomodamos mucho por su actitud. Inmediatamente me di cuenta que estábamos siendo victimas de un efecto psicoactivo producido por los gases que provenían de la cueva. Con la poca cordura que me quedaba les grité:

-¡Estamos intoxicándonos con los gases, tenemos que alejarnos!
Tomamos por la fuerza a Manuel, intentando detenerlo. Era él quien mostraba más claramente los efectos de la intoxicación. Habíamos logrado sacarlo y estábamos dando unos pasos para alejarnos, cuando Lissy cayó, se desplomó desmayada. Todos observamos la escena y lejos de acudirla, rompimos en grotescas risotadas y la abandonamos. Desistimos del deseo de alejarnos. Dispuestos a ingresar en las fauces de la cueva, tiramos nuestros equipajes y gozando del olor, ingresamos. El olor ya no nos causaba asco sino una sensación embriagadora. Mientras dábamos los primeros pasos hacia adentro, mi mente se llenó de pensamientos extraños, sólo pensaba en beber y fumar. Manuel, (quien al parecer era el más sensible), volteó para mirarnos, al verlo me percaté que sus ojos estaban notablemente irritados. Al mirarnos nos gritó:

-¡No vale la pena ingresar en este paraíso en compañía de ustedes! ¡Tira de imbéciles! Me iré solo.

-¡Vete al diablo y ojalá seas devorado por alguna bestia! ¡jajá jajá! -Le respondimos molestos sin intentar detenerlo.

***

A esas alturas ya estábamos atrapados en la oscuridad de la cueva, caminando, adentrándonos en su profundidad, completamente poseídos por el efecto de los gases tóxicos. En un último momento de lucidez me di cuenta que no era posible que continuáramos caminando sin desmayarnos o desfallecer por el efecto de los gases. Algo muy extraño estaba sucediendo con nosotros. Pronto perdimos la claridad de nuestra conciencia, se fue abriendo ante nuestra percepción una visión alucinógena. La cueva había dejado de ser obscura, se desplegó ante nosotros un campo iluminado por luz violeta. Nos encontrábamos en un estado de conciencia diferente; el abochornamiento del ingreso desapareció, nos sentíamos lucidos pero lujuriosos, llenos de sentimientos bajos.

En cierto momento pensé que sería conveniente salir de la cueva para traer a Lissy y dar rienda suelta a nuestros deseos sexuales acrecentados. Estábamos caminando, hablando entre risotadas sobre la posibilidad de salir y traerla. En medio de nuestra conversación lujuriosa, llegamos a la orilla de una laguna que se extendía ante nuestros ojos, no nos atrevíamos a pasar debido al miedo natural que aún existía en el fondo de cada uno, sin embargo, estábamos resueltos a hacerlo, también nos detuvo momentáneamente la perversa idea de salir y traer a Lyssi. Continuamente gritaba uno y otro:

-¡Hay que traerla y la haremos nuestra, jajajajaja!

-¡Después la tiraremos muerta aquí en esta laguna rojiza, nadie se dará cuenta!

Estábamos a punto de salir a traerla, cuando vimos a Manuel salir completamente desnudo de una de las formaciones de roca contiguas, nos miró y se acercó con una expresión completamente transformada, agarrando una especie de murciélago muerto. Nos miró y nos dijo:

-Me quedaré a vivir aquí. Al fin he comprendido que el imperio de los instintos es la única manera de alcanzar el verdadero éxtasis de la felicidad. ¡Adiós, me quedo!

Lo escuchamos asombrados; sin poder evitarlo, lo vimos internarse en la laguna de aguas rojizas y alejarse nadando mientras su cuerpo tomaba un color rojizo brillante. No soy consciente del tiempo que permanecimos allí, parados en la orilla de la laguna, alimentando pensamientos cada vez más sensuales y carnales, observando pasar por la bóveda de la cueva una serie de aves parecidas a murciélagos. Por fin, después de un tiempo, me incorporé y dije a mis compañeros:

-Es tiempo de olvidar el insípido mundo exterior, he comprendido que el camino de las sensaciones es el camino al conocimiento de la verdad, es indispensable que hagamos uso máximo de nuestros sentidos. ¡Vamos amigos, vamos a intérnanos y cruzar la laguna!

-¡Sí, sí, sí! -gritamos en tono eufórico, y desnudándonos nos adentramos en la laguna; primero corriendo en lo que parecía ser agua caliente de color rojizo fosforescente, y luego nadando raudos y ágiles. En ningún momento sentí cansancio, todo lo contrario, a medida que avanzaba, sentía fuerza renovada y delirante deseo de llegar a la otra orilla, que ya podía verse. Los demás también nadaban con toda fuerza, mientras gritaban:

-¡Lleguemos ya, apurémonos, allá seremos felices!

-¡Deseo encontrarme al otro lado!

-¡Deseo devorar carne y sentir el cuerpo de mujeres y hombres junto a mí!

-¡Necesito conocer la sensualidad de los animales, quiero relacionarme con seres diferentes, debemos llegar a la otra orilla, ya!

A medida que el nado se hacia más intenso y rápido, nuestros pensamientos se tornaban cada vez más carnales y llenos de furia, varias veces, mientras avanzábamos, di y recibí golpes de mis propios amigos, habíamos dejado de reconocernos. Fernando y Juan tenían el rostro compungido, los ojos brillantes y rojos, el cuerpo notablemente vascularizado y el cabello electrizado por esa suerte de agua fosforescente en la cual estábamos nadando. Cuando estábamos a punto de llegar, vimos a Manuel parado en la otra orilla, enloquecido, aferrado a una piedra como si un fuerte viento o una atracción irresistible lo retuviera. Gritaba con todas sus fuerzas:

-¡Váyanse, váyanse, de aquí no lograrán salir!

Uno a uno fuimos llegando a la orilla y salimos corriendo hacia dónde se encontraba Manuel. A medida que avanzamos, quedamos intrigados por lo que vimos. A pocos metros de la orilla había un puente de soga y madera, muy delgado, permitía atravesar un profundo abismo. Del otro lado se podía escuchar ruido sordo y lejano; risas, gemidos y alaridos de todo tipo; algo que parecía música y un concierto increíble de luces de todos los colores, enmarcadas por la gran bóveda de piedra que formaba el interior de la cueva.

***

Aunque estábamos llenos de deseos de seguir adelante, nos detuvo abruptamente el temor a lo desconocido. El puente se veía invitante pero amenazador, parecía ser la frontera de ese lugar. De algún modo supe que si lo cruzábamos no volveríamos jamás. Mientras observaba el puente, sentí un fuerte empujón que me hizo caer, al incorporarme me di cuenta que era Manuel, quien cruzó rápidamente el puente, empujándome a su paso. Se detuvo por un momento al medio, pero luego de algunos instantes continuó. Fernando le hizo un último llamado:

-¡Manuel, llévanos contigo!

No contestó. Desapareció en medio del ruido y la luz mortecina del otro lado. Poco tiempo después, nos hallábamos dando los primeros pasos por el puente de soga y madera, aunque se sacudía y daba la sensación que se rompería y caería, nadie se detuvo. Al dar los primeros pasos pude ver el final del puente, no había nada claro, se veía un vacío iluminado tenuemente por luz roja fosforescente y ocasionales destellos de luces de otros colores, en las paredes adyacentes habían formaciones de piedra y extrañas plantas. Todos sentimos una insoportable falta de aire, se notaba que a medida que avanzamos los primeros pasos, el aire respirable o aquello que nos mantenía vivos, parecía extinguirse detrás de nosotros y hacerse generoso hacia el otro lado, estábamos siendo atraídos irresistiblemente; al llegar a un punto, la sensación de falta de aire se hizo insoportable.

Al avanzar por el puente, la sensación de asfixia se atenuó y me vi encabezando el ingreso en ese ignoto mundo. Calculo que estaríamos a la mitad del puente, cuando hallamos centenares de piedras rojas fosforescentes, esparcidas sobre el piso, de cerca parecían piedras volcánicas en estado de incandescencia, sin embargo, al mirarlas con detenimiento me di cuenta que eran cristales. Toqué uno de ellos con un dedo sin sentir daño alguno, entonces lo tomé y lo levanté. El cristal desplegó una fuerte luz roja, alumbraba en la dirección en que uno lo dirigiera, en cada lugar que alumbré pude ver muchas plantas, extrañas aves y formaciones de roca.

Mis amigos también tomaron cristales, estaban alumbrando a las paredes de la cueva. Estábamos a punto de terminar de cruzar el puente, pero lo que vimos fue espeluznante: ¡Venían corriendo hacia nosotros, a toda velocidad, lo que parecían ser seres humanoides con rasgos de bestias! Estaban desnudos y llenos de fiereza en sus rostros y expresiones. El miedo nos hizo desistir de la idea de ingresar, se acercaban rápidamente dando alaridos. Nosotros también empezamos a gritar. Empuñé mis manos para defenderme, me vi el brazo lleno de pelos, fortalecido y grueso. Cuando vi a mis amigos también pude comprobar que estaban transformándose. En cierto momento, algo me iluminó, arrojé el cristal hacia los seres que ya estaban por ingresar al puente, hubo un gran destello seguido de gritos de los que estaban al otro lado. Ante la inminencia de que nos atrapen, iniciamos una desesperada huida, corrimos tan rápido como pudimos para alcanzar la laguna y regresar. Mientras corríamos, Juan gritaba:

-¡Dónde se encuentra Manuel, dónde se encuentra Manuel!

Apresuradamente di una mirada panorámica en un último intento por ubicarlo, pero no lo hallé. Los demás hicieron lo mismo, sabíamos que se había perdido más allá del puente. Mi instinto de conservación me lanzó corriendo hacia la laguna, a la cual llegué cuando mis amigos ya estaban nadando hacia el otro lado. Me lancé y comencé a nadar furiosamente, pues sentía a pocos metros los gritos y sonidos que emitían los extraños seres que nos perseguían. Mientras huía llegué a sentir que me tomaban por los pies. Avanzaba luchando contra ellos, tratando de huir sin ser atrapado. No comprendo de dónde saqué fuerzas, ni de dónde la sacaron mis compañeros, a quienes también vi nadando frenéticamente, dando patadas contra los seres demoníacos. En medio de la fragorosa fuga, justo en el momento en que ya lograba divisar la orilla externa de la laguna y me encontraba cerca de alcanzarla, se me nubló la mente. No recuerdo claramente cómo logré salir.

***

Un tiempo indeterminado después, aparecí en la puerta de la cueva, lleno de magulladuras, al igual que mis compañeros. Quienes nos auxiliaron al salir, nos habían cubierto con mantas. Al volver en mí, lo primero que hice fue tratar de huir. Fui detenido por una persona y al darme cuenta que ya estábamos fuera, indagué por Manuel:

-¡Manuel, Manuel! ¡Dónde está Manuel!

-¡Esperábamos que ustedes nos dijeran qué ha pasado con Manuel! No ha salido aun. Ustedes han salido hace quince minutos, completamente desquiciados, desnudos, magullados, mojados y gritando. Inmediatamente después de salir, todos perdieron el conocimiento, tú has sido el último en volver en sí, pero Manuel no ha salido, en cualquier momento llegará una comisión de Defensa Civil y los Bomberos. Tenemos que hacer algo para rescatarlo. - Me dijo Lissy tomándome de la mano, visiblemente nerviosa y alarmada.

Luego nos juntamos en un círculo, sentados a varios metros de la entrada a la cueva. Me pidieron que informe a la policía de lo sucedido. Relativamente recuperado de la fuerte impresión, tuve que hacer un esfuerzo y relatar nuestra experiencia al oficial. Mientras relataba nuestra aventura, Lissy y los ocasionales oyentes: turistas, bomberos y efectivos de la policía, me miraban admirados, mientras que mis compañeros confirmaban mi versión con frases afirmativas o añadiendo detalles que yo no mencionaba. Al terminar el relato, el médico internista que estaba a cargo de nuestra atención, nos dijo a todos los afectados:

-Debemos entender, de acuerdo a lo relatado por ustedes, que vuestro amigo Manuel no volverá a salir, que ha muerto o desaparecido en la cueva.

-Lamentablemente es así Doctor. - Respondí.

-Estimados amigos, si hemos escuchado vuestro relato es porque necesitamos esa información para disponer que la patrulla de rescate ingrese con alguna información que resulte útil para el operativo, sin embargo, después de haber escuchado el relato, me parece que carece de toda coherencia, obviamente aun se encuentran intoxicados por los gases. Todo lo sucedido ha sido producto de la intoxicación, es mejor que lo olviden. Es muy probable que vuestro amigo aun se encuentre inconsciente dentro de la cueva. -Nos respondió el joven médico con expresión de incredulidad.

Nosotros reclamamos defendiendo la veracidad de nuestro relato, pero tuvimos que ceder ante la incredulidad de los presentes. Estaba a punto de comenzar el operativo de rescate, cuando el policía dio un fuerte grito:

-¡Bájese hombre, salga de ese lugar, esa cueva contiene gases venenosos!

Todos volteamos para ver a quien le gritaba el policía, entonces vimos que había un hombre parado en la entrada de la cueva, mirándonos. Ante el grito del policía, se acercó, todos quedamos sorprendidos al verlo. ¡Era Manuel, pero estaba completamente transformado! Estaba desnudo con el cuerpo teñido de un color rojo mineral. Su rostro se veía alterado, pues sus facciones se mostraban grotescas, su voz sonaba gruesa y amenazadora, y su cuerpo se veía fuerte, velludo y anormalmente brillante. Su cabello lucia completamente erizado y daba la idea que estaba electrizado. Verlo directamente fue como observar al mismo diablo.

-¡Dios mío, qué te ha pasado Manuel! –Grité, y junto a los demás nos alejamos a una distancia prudencial, pues temíamos un ataque.

En cuanto se acercó, el policía le pidió que se detenga, pues estaba dispuesto a disparar, luego, gritando le pidió sus documentos, a lo cual Manuel respondió desafiantemente:

-¿Mis documentos? ¡Jajaja, no me haga reír payaso! Yo no tengo documentos, no los necesito. ¡Ya no soy un simple hombre, soy un ser superior!

-¡Tendré que detenerlo hasta que aclaremos su identidad! -Le advirtió el policía.

-¡Jajajajaja! Vamos hombre, si desean saberlo; Luz de Fuego es mi nombre, pero si les consuela o les ayuda, fui Manuel. En cuanto a mis documentos, tenga, puede ser que esto le sirva para saber de donde vengo y tener la certeza que toda la historia que ha sido relatada por los señores, es absolutamente cierta. ¡Yo he abierto la puerta del infierno! ¡Vengan junto a mí, hay una existencia superior en el calor del fuego! -Respondió hablando con voz gruesa, demoníaca y expresión satánica en sus ojos, mientras lo mirábamos llenos de temor.

Observé atentamente cuando Manuel le entregó algo al policía. El y los demás rescatistas estaban dispuestos a detener a Manuel, pero se retiró ágilmente, dando gráciles saltos que una persona normal no hubiera podido dar. Lo vimos internarse rápidamente en la cueva. Nada pudimos hacer para detenerlo, desapareció. El policía se quedó gritando una y otra vez:

-¡Oiga, deténgase, deténgase!

Gritaba mientras agarraba aquello que Manuel le entregó. La cuadrilla de rescate se organizó para ingresar. Mientras terminaban de organizar sus cosas me acerqué al policía y le pedí que me mostrara aquello que Manuel le entregó, pues, luego de mirarnos sin hablar, comenzamos a sospechar lo peor. Todos se acercaron y entonces el policía finalmente abrió la mano, con visibles muestras de encontrarse muy nervioso, dejando caer al suelo un cristal que iluminó nuestras vistas con un destello rojo. Al verlo, todos los que ingresamos a la cueva, gritamos:

- ¡El Cristal, es uno de los cristales del puente!

-¡Nada va a detener el operativo de búsqueda! –Advirtió el policía poniendo orden-. En cuanto a ese cristal, debe ser algún truco de ese loco.

Volviéndose hacia mí, me dijo que me llevara el cristal si lo deseaba. Así lo hice, era un cristal del tamaño de una moneda grande que brillaba al moverlo o tocarlo. Yo no tenía dudas que era uno de los cristales del puente. En ese momento quedamos completamente convencidos de la veracidad de nuestra experiencia. Lo guardé con el propósito de estudiarlo más adelante.

La cuadrilla de rescate estaba lista. Se despidieron para ingresar. Traté de advertirles del peligro una última vez:

-¡Por favor no ingresen! Es un lugar muy peligroso, probablemente no logren salir. Volveremos nosotros, queremos rescatar a Manuel, nosotros podremos convencerlo. El hombre está trastornado, lo mismo les podría suceder a ustedes.

No hicieron caso de nuestras peticiones, avanzaron a paso firme, llevando puestas unas mascaras de gas y un complicado equipo, los vi internarse en la cueva y aun logré escuchar sonoras carcajadas maliciosas, unos segundos después de su ingreso. El equipo de paramédicos nos obligó a caminar hasta la carretera, donde nos esperaba una ambulancia para trasladarnos a un hospital.

Mientras la ambulancia avanzaba, miramos una y otra vez el cristal. Sabíamos que Manuel había sufrido una transformación, que había sido poseído por la maléfica influencia de la cueva. Lyssi me miró inquisitivamente, como tomándome cuentas por lo sucedido. No tuve alternativa, le dije lo que pensaba:

-Lo siento Lyssi; pero debo decirte que los rescatistas no sacarán a Manuel y muchos de ellos no volverán. Manuel se ha convertido en un ser demoníaco. Esa cueva es la puerta del infierno…

FIN.
Escrito en Cusco. 2001. - Autor: David Concha Romaña


Carlos Olivera Aguirre. "Camino al Aquelarre".

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