Literatura y arte

desde el centro

del Mundo.

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Dioses, Hombres y Demonios

Día Domingo.

Al llegar las cinco de la tarde el sol le daba a la cara sin permitirle descansar ni un momento más. Mani se levantó de su improvisada cama y abrió la puerta de su cuartucho alquilado, que daba directamente a la calle. Se paró en la puerta, con la mente nublada por el calor, la modorra que produce la somnolencia de los domingos en la tarde, y el desconcierto ante la comprobación de lo que le esperaba la semana siguiente. Era la primera vez que el día domingo la hacía víctima de su aburrimiento característico. En su pueblo nunca había experimentado esta sensación nueva, le llevó un poco más de una hora darse cuenta que era aburrimiento e impotencia.

Ya era la segunda semana de su estadía en la ciudad de Cusco. El dinero que había traído de su pueblo para instalarse, sólo le había permitido rentar un cuartucho de mala muerte, comprar una cama de segundo uso y comer cualquier cosa durante esos días. La idea que Mani y su padre construyeron en su pueblo, fue que ella se instalaría en Cusco y llegaría a ser doctora en unos cuantos años. Desde el día de su llegada, deambulaba por la ciudad con las palabras de su padre dándole vueltas por la cabeza: “Mani, hijita, tienes que ir a la ciudad y estudiar Medicina, no quiero que te pase lo que me pasó a mí, sabes que nunca pude estudiar y tener una profesión. En cierto momento de mi vida tuve que venir con tu madre aquí, a Atalaya, en condición de colono, el estado nos cedió las tierras que ahora cultivamos. Yo no quiero eso para ti, tienes que ir a Cusco y demostrarle a todos que puedes llegar a ser doctora”.

Con el poco dinero destinado a iniciar sus estudios se acercó a la universidad, a los institutos y academias para averiguar algo sobre la Facultad de Medicina, sólo halló rechazo y displicencia. En la Facultad le dijeron: “Amiguita, tendrás que volver en seis meses, para el siguiente ingreso. ¡Ah! Y te recomiendo que te prepares mucho, pero mucho, a la Facultad de Medicina no ingresa nadie que no esté bien preparado”.

Después de unos cuantos días, Mani se dio cuenta que la ciudad era un lugar malo, impersonal y lleno de indiferencia. A nadie le importaba la vida ajena y el dinero que había traído no le alcanzaría. Nunca imaginó que las cosas pudieran ser tan caras en la ciudad. La única manera que tenía de comunicarse con su padre, era esperar la llegada del fin del mes para recibir su llamada en el teléfono comunitario de su barrio.

Los últimos días del mes llegaron lenta y dificultosamente. Mani no conocía a nadie y el dinero sólo le alcanzó para distribuirlo con mucho cuidado, entre los días que faltaban para que su padre le enviara su pensión mensual. Sabía que el dinero que le mandaría, no le alcanzaría para otra cosa que guardarse en su cuarto y comer algo diariamente. La universidad era un sueño inalcanzable.

Los dos últimos días los pasó caminando tímidamente por las calles, y durante la noche, maquinando entre lagrimas la forma en que le diría a su padre que necesitaba más dinero para viabilizar su intención de ingresar a la universidad. Estaba resuelta a decírselo todo. Esperó pacientemente que llegara el siguiente domingo, día en que su padre la llamaría al teléfono comunitario, a las diez de la mañana, tal cual lo habían acordado.

Llegó el domingo. Mani se instaló desde las ocho de la mañana en las toscas silletas del centro comunitario de telefonía, su padre la llamaría a las diez, pero ella no quería arriesgar nada y decidió esperar desde temprano. Cada vez que sonaba el teléfono su corazón se alborotaba y quería pararse para contestar; pero permanecía sentada ante la señal del telefonista que le movía la cabeza haciendo una señal negativa, indicándole que la llamada no era para ella. A las diez y veinte de la mañana, por fin, una de las llamadas ingresó. Era la llamada que tanto esperaba. El telefonista se acercó a ella corriendo y le dijo:

-¡Mani, Mani, es para ti, es tu Papá!

Se acercó al teléfono temblando de nerviosismo, dejando caer sin darse cuenta un pedazo de papel donde había anotado los costos de la universidad y los institutos. En los pocos segundos que transcurrieron mientras se dirigía a contestar el teléfono, en su mente se repitieron nuevamente las palabras de su padre. Supo instantáneamente que por más que le pidiera, su padre no podría mandarle nada más. Era un campesino pobre e ignorante. Mani no podría pedirle nada. Inmediatamente contestó el teléfono, escuchó la voz de su padre:

-Mani, hija mía. ¿Cómo estás? ¿Ya has empezado tus estudios, verdad? Tienes que ir a recoger el paquete que te he enviado, lo he mandado por la agencia, también les he encargado que te den el dinero, más bien hijita, ya no he podido mandarte tanto dinero, te he mandado la mitad nomás. Te estará quedando dinero del otro mes pues, tienes que ahorrar y no gastar en cosas tontas, tienes que ser consciente pues hija. También te estoy mandando plátano, paiche y esas cosas que te gustan. Si puedes tienes que vivir en una casita con cocina pues hija, necesitas comer bien para estudiar fuerte.

Mientras su padre hablaba, por los ojos de Mani rodaron lágrimas y en su corazón se instaló el convencimiento que no podría decirle nada. Secándose las lágrimas y tomando valor le dijo:

-No te preocupes papá, todo esta bien, ya voy a empezar a estudiar la siguiente semana, el dinero es suficiente, no te preocupes.

-Hija, no sé... te noto triste, ¿estás bien?

-Estoy bien papá, no te preocupes, todo esta bien.

-Chao hijita, te voy a volver a llamar el siguiente mes, cuídate mucho... -Se despidió el padre.

***

Mani salió de la cabina del teléfono con lágrimas en los ojos; pero con cólera en el corazón, no le había dicho nada a su padre. ¿De qué le hubiera valido decirle algo?, si era obvio que no era posible que le mande más dinero. Esa mañana se preparó para afrontar la sordidez y el aburrimiento del día domingo. Caminando se dio cuenta que la ciudad es como un trago de limón cuando no existe la viabilidad para vivir. No lograba entender las sonrisas de las jovencitas citadinas que caminaban coquetamente rumbo a la heladería, al mirarlas sintió un odio impersonal, pero duro y profundo. Mani nunca había sentido algo así, en su pueblo era fácil vivir, tenía felicidad. ¿Por qué de pronto todo era diferente y tan difícil?

Lentamente fue caminando por la Avenida de la Cultura, rumbo a la agencia de buses que le había traído el cajón de frutas y el dinero, poco dinero, la mitad de la pensión del primer mes. Mientras caminaba se instaló en su corazón la resolución de quedarse en la ciudad, sea como sea y a cualquier costo. En cuanto lo entendió, apresuró el paso y llegó a la agencia. Recogió un cajón de frutas y cincuenta soles que no le alcanzarían para nada, talvez para una semana de alimentación, pero nada más. Vendió la fruta inmediatamente, en la puerta de la agencia, en el suelo junto a los ambulantes, y luego, apretando en su mano fuertemente el dinero, regresó encolerizada a su habitación. Eran las doce de la mañana y el domingo comenzaba a abrir sus fauces para devorar a todo aquel que no se encontrara preparado para soportarlo. Como llegó cansada, estiró su joven y voluptuoso cuerpo selvático en su cama, durmió con una resolución de hierro: “¡No volveré, no permitiré que esta ciudad me derrote!”

Así, entre reflexiones se levantó a las cinco de la tarde. Nuevamente fue el candente sol que le quemaba la cara a través de la ventana sin cortina, que con su calor la despertaba. Se incorporó abochornada, se puso un pantalón y un polo corto, de esos que ella usaba en su pueblo selvático. Se arregló el cabello y se encaminó hacia la parte baja de la Avenida Collasuyo, a buscar algo de comer en los kioscos de los ambulantes. Avanzaba lentamente moviendo a cada paso su bien dotada naturaleza, sin comprender que se encontraba en Cusco, ciudad serrana y fría. Su manera de vestir no era adecuada, pero ella no se daba cuenta ni sentía frío, estaba preocupada en hallar una manera de quedarse en la ciudad. Compró algo de comer y se quedó a conversar y ayudar a la señora del kiosco, pasó un buen rato con ella. Le preguntaba repetidas veces:

-¿Tú sabes cómo puedo hacer para estudiar Medicina? No sé dónde ir, no tengo mis papeles listos y todo cuesta demasiado dinero, la gente de la universidad me da miedo, no tengo el dinero. ¿Crees que podría trabajar en algo?

-¿Trabajar? -le contestó la vendedora, mientras observaba detenidamente su bien dotado cuerpo, su carita de delicadas facciones selváticas, su coquetería natural, su sonrisa perfecta y su lubricante juventud-. ¿Trabajar? ¿A ver, dime, qué sabes hacer? -Le repitió mientras sonreía una y otra vez.

-Sé cocinar pescados, clasificar la yuca para su venta, sé cosechar paltas y nadar en el río. -Contestó Mani.

-¡Jajá, jajá! -Se rió sonoramente la vendedora, mientras se limpiaba el sudor que le producía el calor de la cocina a kerosén que le servía para preparar las papas rellenas que vendía- Sólo podrías ser sirvienta con las cosas que sabes hacer. Tienes mejores opciones muchacha, si no las tomas, en pocos años serás como yo, una vendedora de comida. -Le advirtió.

-No me hables así, yo tengo que ser doctora, para eso he venido a Cusco, qué te crees tú, inmediatamente ingrese a la universidad me voy a poner a trabajar con un doctor y me voy a casar con él, ya vas a ver oye. -Respondió Mani.

-Toma Mani, envés de soñar, come muchacha, come, ya das pena. Dime, ¿tienes algo de dinero? -Le preguntó la vendedora alcanzándole una papa rellena en un pedazo de papel de costal de azúcar

-Bueno sí… Pero es poco y lo necesito para comer hasta que encuentre trabajo.

-¡Dame tu dinero y yo te consigo hoy mismo un trabajo bien pagado! En un día podrás ganar el triple de lo que traes contigo.
-Le dijo la escuálida vendedora, tomándola de la una de las manos con fuerza y mirándole a los ojos.

-Te lo doy, pero tú me tienes que decir en qué voy a trabajar.
-Contestó Mani.

-Vamos Mani, no te pongas así, dame tu plata y yo te voy a llevar a un buen trabajo. Hoy mismo. -Añadió la vendedora.

***

Mani acompañó a la vendedora a guardar su carreta de comida y luego la vendedora la acompañó a su cuarto a sacar su dinero y cambiarse. Ya en la habitación de Mani, la vendedora se encargó de ponerla lo mejor que pudo, ordenándole:

-¡Vamos, vamos, báñate en el patio y ponte lo mejor que tengas! Te voy a llevar a tu nuevo trabajo, tienes que estar lo mejor que puedas.

Mani entró al patio y se bañó como pudo en el sucio servicio de uso común. Al salir se cambió y fue arreglada por la vendedora con lo mejor que tenía: unos jeans viejos, un polo y un par de zapatillas. Sencilla pero limpia, inocente pero exuberante, ignorante pero sensual. Así quedo Mani después del baño.

-Bueno muchacha, nos tenemos que ir, camina antes que me arrepienta. -Le dijo la vendedora rascándose la cabeza, como si estuviera a punto de hacer algo malo por un poco de dinero, mientras Mani caminaba entusiasmada e inocente.

-¿En qué voy a trabajar señora? ¿Pagan bien? -Preguntaba Mani.

-Sí hija, pagan bien y el trabajo es bueno, no preguntes más, haz bien tu trabajo, no te comportes mal y todo resultará bien.
-Respondió la vendedora.

Ya daban las diez de la noche y mientras avanzaban recorriendo la pista, teñida de color amarillo naranja por la luz del alumbrado público, pasaban por su lado, soldados que regresaban al cuartel después de su día de franco, al pasar miraban y piropeaban a Mani. Más abajo, avanzaban lentos y cansados, un grupo de parroquianos que pasaban, regresando de las múltiples parrilladas y fiestas que organiza la gente para mitigar la fatiga de la semana, y espantar la soledad existencial que se apodera de la ciudad los días domingos. Al pasar miraban a Mani abriendo los ojos al máximo, su cuerpo sensual y atractivo le valió muchas miradas y varios piropos.

Después de quince minutos de caminata, Mani vio un letrero con luces rojas y escuchó música que provenía de un local a varios metros. Le preguntó a la vendedora:

-¿Qué hay en ese lugar, una fiesta?

-Sí niña, sí, allí hay una fiesta muy divertida. -Respondió la vendedora riéndose.

-¡Ah! Ya sé, lo que usted quería es traerme a una fiesta, es el cumpleaños de alguno de sus amigos, ¿verdad? -Dijo Mani al ver que la vendedora se dirigía directamente a la fiesta.

-Mani, espérame un ratito, sólo un momentito, ya salgo, mientras tanto ve conversando con el joven de la puerta. -Le contestó la vendedora sin hacer caso de las objeciones de la muchacha.

Mani se paró tímidamente en la puerta, cerca del joven vestido de café. Ese joven era un guachimán, estaba parado con su vara negra, vestido con botas bien amarradas y chaleco de fierro para parecer fornido. Callado y parco, la miró sin quitarle los ojos de encima. Al darse cuenta, Mani le preguntó:

-¿Cómo te llamas?

-Mi nombre es Segundo. -Respondió el vigilante.

-¿No vas a entrar a la fiesta?

-¡Jajá, jajá! -Se rió el vigilante sin poder evitarlo-. No, no, yo cuido la fiesta.

Estaban a punto de iniciar una animada conversación, cuando salió de prisa la vendedora, seguida de una vieja gorda llena de maquillaje en la cara, un cigarrillo en la mano y con aliento a licor barato. La gorda se estaba pasando de largo, pero la vendedora la detuvo y le dijo, apretándole uno de los hombros con el dedo índice:

-¡Señora, señora, es ella, es ella!

La gorda volteó y observando a Mani, la saludó, mientras la tocaba, le daba vueltas con la mano y la revisaba con la mirada picara y maliciosa.

-Hola hijita...

-Buenas noches señora. -Contestó tímida Mani- Obedeciendo las órdenes de la gorda.

-Espérame un ratito mariposa. -Le dijo la gorda sonriendo complacientemente, mientras se acercaba a la vendedora de papas, despidiendo un olor a inciensos. -¡Ya, ya! Toma veinte soles y puedes irte, te haré un favor quedándome con la chica. De verdad está simpática; pero no sabe nada, enseñarle su oficio me va a costar, para la siguiente tienes que esmerarte. ¡Ya vete, vete!

La vendedora se fue sonriendo, para despedirse de Mani, sólo le hizo una señal de adiós con la mano, y compartió una mirada cómplice con los taxistas que estaban en la puerta. La gorda tomó a Mani de la mano y le dijo:

-Mariposa… Ahora vas a entrar a tu nueva vida, pero tienes que aprender muchas cosas…

Mientras la gorda ingresaba llevando a Mani de la mano, ella volteó para mirar al guachimán, con quien compartieron una mirada; una sonrisa amiga y tímida de parte de Mani, y un gesto de malicioso placer de parte del guachimán, que sonreía mientras Mani desaparecía entre las luces, los acordes de la música chicha, el humo, y la confusión del prostíbulo.

FIN.
Escrito en Cusco. 2001. - Autor: David Concha Romaña


José Luís Morales Sierra. “Sin título”

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