Literatura y arte

desde el centro

del Mundo.

Literatura y arte

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del Mundo.


Mutación

La gran flama.

Hubo una temporada en mi vida en la que pensaba que ya no quería seguir viviendo en este mundo, que sería mucho mejor trascender e irme a vivir en un mundo superior, en una realidad menos precaria a la que nos impone la condición humana.

Se me metió la idea de que el ser humano es un precario mono mejorado lleno de errores, mañas y maldades; que muchas de las funciones naturales y muchas de las miserias higiénicas, eran indignas de su supuesta condición de ser superior de este mundo. La mente del hombre me parecía una frágil máquina capaz de caer en la locura en cualquier momento. Me molestaba inmensamente que no haya una forma certera y eficaz de saber si existen mundos superiores, me molestaba la fragilidad con que los hombres caemos en el pecado y la degeneración. Pensé que no era posible seguir atrapado en esta realidad. Critiqué al hombre en todos los términos posibles. Me refugié en la lectura de las obras del desquiciado Friedrich Nietzsche y otros similares autores, que denigran la condición del ser humano.

No fui consciente que, en el camino de la superación, o como quieran llamar al proceso por el cual el hombre será un mejor ser, nada es gratis ni rápido, el hombre tiene que superar sus errores, sublimizar sus pasiones, poco a poco, si no, no progresará.

Día tras día pensaba en la forma de irme, de salir de este mundo. Por supuesto que en ningún momento consideré el suicidio. No quería suicidarme, pero sí, pensaba en trascender de alguna otra manera, pensaba que mi vida bastaba y sobraba en esfuerzo para justificar mis intenciones.

Varias veces oré al Altísimo y me encomendé a la Santa Vírgen pidiéndole irme, dejar ya este mundo. Durante mucho tiempo, mis oraciones fueron como palabras lanzadas al viento, no lograba nada mejor. Estaba decepcionado y molesto con mi condición de hombre, no quería seguir afrontando mi vida. ¡Quería irme de este mundo de mierda! Y no podía…

***

Un día, regresando del campo, un viento frío me causó una terrible bronquitis, de tal suerte que terminé en la cama con 39 grados de temperatura, tomando un sinnúmero de medicamentos naturales y químicos. Una de esas noches de afiebrado estado, sucumbí a un estado soporífero producido por la intensa fiebre. Esa noche, no sé si dormía o estaba despierto, pero no estaba en un estado de natural y sana consciencia, entonces, me vi caminando por un gran desierto vacío, no había nada en los alrededores.

Luego de un largo tiempo caminando, vi una gran flama que ardía fulgurante en el horizonte. Corrí hacia ella tan rápido como pude. La gran flama iluminaba el desierto. Al verla, sentí que era un lugar bueno que emanaba bondad y superioridad, me detuve un momento y observé la gran flama, que inmensa cual antorcha, iluminaba el desierto. Tomé un profundo respiro y me llené de alegría y júbilo, entonces, ¡corrí entusiasmado y exaltado! Estaba convencido de que podría ingresar y quedarme para internarme en ella y alcanzar una condición superior, para dejar de ser un hombre, para convertirme en un Arcángel, en un ser superior.

Cuanto más me acercaba, la flama se hacía más caliente y brillante, tanto que cegaba mis ojos y amenazaba con quemarme completamente. Tuve que detenerme a cierta distancia y observar durante un momento cómo otras personas ingresaban a la flama sin problemas: niños, ancianos, mujeres y hombres ingresaban sin dificultad; sin embargo, para mí se hizo imposible seguir avanzando, todo lo contrario, poco a poco tuve que retroceder para no quemarme. Mientras daba pasos atrás iba formulando reclamos en voz alta y airada:

-¡Dime por qué pueden ingresar ellos y yo no! ¡Qué he hecho yo para no poder ingresar! ¡He llegado hasta este punto, necesito ingresar, no quiero seguir siendo un hombre! ¡No quiero seguir siendo un hombre!

Mientras reclamaba, la flama fluctuaba en su intensidad, obligándome a alejarme para preservar mi integridad. En cierto momento, vi que mi cuerpo estaba lastimado por el calor del fuego, no podía seguir allí, no podía seguir acercándome, así que, resignado y encolerizado me alejé de la gran flama, avergonzado, enojado y lastimado. A cierta distancia me detuve y me senté en el suelo del desierto. Mi corazón latiendo rápidamente no pudo más y me eché a llorar, y entonces, resignado y humilde pregunté.

-Altísimo Dios, por lo menos, si no puedo entrar, quiero saber ¿Por qué no puedo hacerlo y las otras personas sí?

Entonces sentí una suave brisa que llegó hasta mí, me refrescó y consoló. Con la brisa llegó una suave voz que me habló: “Hombre y niño a la vez, no puedes ingresar, porque no te corresponde, no has vivido toda tu vida, no has terminado de enfrentar tus retos, debes superar tu impaciencia y tener valor, debes volver y algún día, vendrás y podrás entrar…Tienes que volver. Esas personas que ves ingresar, ya han vivido, han superado con dignidad y valor su vida, han alcanzado la sublimación de sus pasiones, ellos están preparados, tú no lo estás”.

Entonces, me incorporé y miré una vez más a la flama, cada vez me parecía más grande y brillante. Frustrado tomé una piedra y encolerizado la lancé hacia la flama, entonces, la suave brisa se convirtió en una fuerte tormenta que me arrojó del lugar, tuve que alejarme huyendo, mientras la suave voz que me había hablado en la brisa, se tornó en una fuerte amonestación de una voz grave:

-¡Vete de aquí hombre indigno y pecador! ¡No ingresarás mientras no sublimes tus pasiones! ¡No ingresarás mientras no vivas tu vida afrontando con valor tus retos! ¡No seas cobarde, anda y vive tu vida con valor, entonces podrás venir! ¡No intentes volver porque te extinguirás en el fuego de la verdad y tu espíritu descenderá a los mundos inferiores! ¡Fuera de acá!

Corrí asustado y golpeado por la fuerte tormenta. Corrí y corrí avergonzado y atemorizado. Una vez más me detuve en medio de la tormenta y grité:

-¡No quiero seguir siendo un hombre, quiero ser un ser superior!

Mis gritos se perdieron en el desierto y lo único que escuché fue el fuerte eco de mi propia voz, que se perdió en la distancia:

-¡No quiero seguir siendo un hombre, quiero ser un ser superior!

Caminé desconsolado y avergonzado, sin rumbo por el desierto, con los brazos abiertos, mi cuerpo cansado y adolorido por el calor, los ojos rojos y llorosos, el cabello desordenado, el corazón desconsolado, la mente nublada, con mi voluntad encaprichada y mi mente tercamente aferrada a mi necio deseo.

En algún momento de mi caminata a través del seco y caluroso desierto, caí rendido por el cansancio y estuve tirado entre la arena y las piedras como una serpiente, mordiendo el polvo del suelo y masticando mi vano orgullo, entonces perdí la claridad de mi consciencia.

***

Cuando volví a darme cuenta de las cosas, volví a mi estado febril, a mi lecho de enfermo, a la verdad de mi vida. No quise pensar y cansado logré dormir unas horas.

Al día siguiente amanecí, mejorado en mi salud. De alguna manera, me sentía tranquilo y resignado. Comprendí que el deseo de ser un ser superior, no era sino un loco capricho, una afelpada pretensión.

Fui consciente de mi condición de hombre y me di cuenta que tendría que seguir viviendo, con valor, con dignidad, tendría que sublimar mis pasiones y superar mis errores. Tenía el reto de seguir adelante, de realizarme, de llegar a ser un hombre digno de ser hombre.

No pensé más en la dificultad, ni en las trabas, ni en la condición del hombre. Me paré, tomé mi agenda y me dispuse a organizarme para seguir adelante.

FIN.
Escrito en Cusco. 2006. - Autor: David Concha Romaña


Álvaro Jardín. "Renacimiento"

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