Literatura y arte

desde el centro

del Mundo.

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Mutación

Ponciano y los arcangeles.

Una noche de Luna llena, el profesor Ponciano caminaba a altas horas de la noche, volvía a casa después de haber estado en una animada velada jugando cartas con sus amigos, en una casa ubicada en las afueras de la ciudad. Para alcanzar la pista principal y poder tomar un taxi, debía atravesar un estrecho sendero sin luces, contiguo a una chacra.

Salió apresurado pues amenazaba con llover, mientras los truenos y rayos que preceden a una tormenta iluminaban y hacían rugir el cielo. Dándose cuenta que probablemente no llegaría seco hasta la pista, corrió y corrió en medio de la noche, enfrentándose al viento y la cercana tormenta. Estaba corriendo tan rápido como podía, cuando de pronto, escuchó unos gritos de auxilio a pocos metros de él.

-¡Señor ayúdeme, ayúdeme!

Ponciano se acercó y pudo darse cuenta que se trataba de un pequeño niño de unos 3 o 4 años, que se encontraba perdido en medio de la oscuridad. Se detuvo y lo tomó de la mano.

-¿Qué te ha pasado niño?
-No sé…estaba con mi mamá, pero unos perros comenzaron a ladrar y yo corrí y corrí, hasta que me perdí.

Ponciano se dio cuenta que los perros que pretendían atacar al niño se encontraban al finalizar el sendero, así que apresurado tomó al niño y se fue corriendo, huyendo de los perros que al darse cuenta de que huían, comenzaron a acercarse amenazadores. Ponciano decidió llevar al niño por el único lugar posible de huida: La chacra contigua al sendero.

En cuanto ingresó a la chacra se desató la terrible tormenta con truenos, rayos y abundante lluvia que en pocos minutos mojó completamente a Ponciano y al niño. En medio de los ruidos producidos por la tormenta, podía escuchar los ladridos de los fieros perros que los perseguían. Los ladridos se acercaban cada segundo más. Ponciano corría tan rápido como le era posible, cargando al niño que lloraba de temor en medio de la tormenta.

Mientras corría huyendo de los perros, se dio cuenta que estaba completamente perdido en medio de la noche, pues no veía luces ni señales de alguna pista cercana. Obviamente, envés de salir hacia la ciudad, se habían adentrado hacia el campo. Los ladridos de los perros se acercaban más y más, tanto que en cualquier momento llegarían hasta ellos y los atacarían salvajemente.

En cierto momento de la huida, cuando Ponciano se dio cuenta que los perros se encontraban ya a unos veinte metros de distancia, se detuvo, bajó al niño y le pidió que se refugie tras de él. Ponciano se quitó la correa con la cual pensaba defenderse y ahuyentar a los perros.

Cuando la cercanía de los enloquecidos animales era inminente, se dio cuenta que eran por lo menos cinco grandes y fieros canes que se acercaban corriendo llenos de furia a través de la chacra. Ponciano se puso en guardia y con el corazón latiendo bestialmente, se dispuso a defender su vida y la del niño.

En los pocos segundos que faltaban para la llegada de los perros, Ponciano rezó mentalmente: “Dios mío, Santísima Virgen María. ¡Ayúdenme a salvar la vida de este niño, yo estoy dispuesto a morir, pero el niño no, por favor! Sé que he sido terriblemente pecador, pero debo salvar la vida de este niño.”

Justamente mientras estaba rezando cayó muy cerca de ellos un poderoso rayo de luz azul que iluminó la chacra y le permitió a Ponciano ver que los perros ya se abalanzaban a él. Tomó su correa y lanzó un fuerte latigazo a uno de los canes, logrando ahuyentarlo por unos segundos, pero los perros envistieron con fuerza, tumbando al suelo a Ponciano para morderlo y acabar con su vida. Mientras esto sucedía caían uno tras otro, temibles rayos.

Mientras Ponciano se protegía y trataba de defenderse, creyó ver unas formas humanas entre las luces de los rayos. Aún estando confundido y desesperado siguió defendiéndose, logrando incorporarse por unos segundos. En eso escuchó una potente voz que le hablaba desde el corazón de uno de los rayos, cual si fuera la voz de un trueno.

-¡Defiéndete Ponciano, toma tu arma y defiéndete, salva tu vida y la del niño!

En ese momento Ponciano vio que la correa con la cual se estaba defendiendo ardorosamente, se llenó de luz, transformándose en una espada de fuego, en un pedazo de rayo. En unos instantes de inspiración logró concentrarse y arrancar fuerzas a su maltrecho cuerpo, y con confianza renovada, espantó a los perros, atacándolos con la espada de fuego. Dos de los perros murieron descabezados o partidos en mitades por acción de la poderosa espada y los otros huyeron malheridos.

En pocos momentos, cuando Ponciano estuvo seguro de que los perros no eran más un peligro, se volvió hacia el niño, quien felizmente yacía en el suelo, sentado, mojado y golpeado, asustado y temeroso, pero vivo y sin mayores heridas.

Tomó al niño y retomó su camino, la espada de fuego que le había servido para ganar la lucha a los malévolos canes, desapareció, en su mano sólo estaba su correa. Sin embargo, mientras continuaba avanzando hacia la pista, observó nuevamente entre los rayos la forma de unas personas relucientes. En cuanto el niño vio junto a Ponciano a estos seres en medio de los rayos, gritó entusiasmado:

-¡Ellos nos han ayudado Señor! ¡Ellos son los Arcángeles que le han alcanzado la espada de fuego, yo los he visto!

En ese momento Ponciano se detuvo y observó atentamente las formas que aparecían en medio de la luz de los rayos y observó a tres personajes que se alejaban, blandiendo cada uno una espada de fuego, igual a la que le sirvió para liberarse de los canes.

En medio de la confusión de la tormenta y el temor producido por el ataque de los perros, Ponciano siguió avanzando en medio de la oscuridad, llevando a cuestas al pequeño niño que yacía en sus hombros atemorizado. En cierto momento el niño le habló al oído y le dijo: “Los guardianes te han dado su espada. ¿Te vas a convertir en uno de ellos?”

Luego de un largo rato de caminar en medio de la oscuridad y la tormenta, orientándose por la luz de la Luna y los rayos, cuando se dio cuenta que ya no corrían peligro, Ponciano se detuvo un momento, para descansar pues se encontraba asombrado y exhausto. Puso al niño al suelo y se miró las manos, no podía dar crédito a lo que le había sucedido; sin embargo sus manos mostraban claras señales de que había sostenido una dura lucha, que no hubiera podido enfrentar sin la ayuda de la espada de luz que le alcanzó uno de los seres que vio en medio de los rayos.

El niño mirándolo nuevamente le preguntó:

-¿Te convertirás en un Arcángel, verdad?
-¡Qué dices niño, un hombre loco y pecador como yo no podría convertirse en algo así!

Mientras pronunciaba estas palabras, se dio cuenta que algo había cambiado en él. Sentía un deseo fuerte y notorio de ayudar a los indefensos y proteger a las personas en peligro. Sintió completa confianza en su fuerza, supo que tendría la ayuda necesaria.

Luego de un momento, cargó nuevamente al niño y siguió caminando hasta divisar las luces de la ciudad y llegar a la pista principal, mientras pensaba: “Si sólo soy un hombre… si sólo soy hombre”

FIN.
Escrito en Cusco. 2006. - Autor: David Concha Romaña


Natalia Flor. "Luz"

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