Manuel estaba sentado en una posición
peligrosa en lo alto de un gran peñasco, en un lugar
estratégico del Parque Arqueológico de Saqsayhuamán. Varias
veces le advertimos del peligro que corría de accidentarse.
Pasamos un buen rato advirtiéndole, hasta que nos dimos
cuenta que la razón de su estadía en tal posición, parecía
compensar el riesgo. Ignoraba insensatamente nuestros ruegos:
-¡Manuel, por favor, bájate de ese peñasco, no parece seguro!
-¡Manuel haz el favor de bajar!
No nos contestó y siguió sentado en lo que parecía ser una
peligrosa saliente enclavada en el peñasco. No soporté la
situación y decidí subir para hablar directamente con él. Al
grupo le dije que yo mismo lo persuadiría para que baje del
peñasco. Tomando valor, y haciendo uso de mis mañas de
montañista, inicié mi escalada. Mientras ascendía iba
advirtiéndole:
-¡No te vayas a mover muchacho, llegaré y te voy a ayudar a
bajar! ¡Eres un terco!
Estaba escalando, tratando de que mis palabras lo
persuadieran de no moverse de su peligrosa posición. Abajo,
los amigos esperaban a la expectativa, tensos y nerviosos
para ver si lograría ayudarlo a bajar. Cuando por fin,
después de mil vericuetos llegué al lugar donde se hallaba,
le dije:
-¡Manuel, toma la soga y no la sueltes, ten valor muchacho!
Estaba decidido a continuar con mis advertencias, cuando me
di cuenta que Manuel estaba cómodamente sentado en una
amplia y confortable roca labrada que cumplía magníficamente
las funciones de un sillón. Quedé sorprendido y me senté
junto a él, tomé una naranja lima, un cigarrillo y me
acomodé, tan confortablemente que olvidé inmediatamente mi
preocupación. El muy fresco no pronunció palabra, sólo me
hizo un ademán con la mano derecha para que me acerque y
mire junto con él, aquello que le parecía tan interesante,
me acerqué pero no quise mirar nada, me acomodé en el sillón,
perfecto para la columna vertebral, un respaldo magnifico,
un amplio espacio para sentarse, y hasta un lugar para
colocar los pies, ¡qué sillón! Olvidé todo y me repantigué a
fumar y comer. En tal situación me reí de los amigos,
mientras escuchaba sus gritos:
-¡Salvador por favor, si no puedes bajar avisa, podemos
llamar a los bomberos! ¿Se encuentra bien Manuel?
-¡Sí, sí, estamos muy bien, no molesten más, si quieren
suban!
-Contesté.
Estaba deleitándome sentado en el cómodo sillón labrado en
la piedra. Cuando me harté de los gritos de mis amigos, los
llamé. Luego de verlos aprestarse para subir, me puse a
conversar con Manuel.
-Salvador toma los prismáticos y mira allá, al fondo, en
aquella montaña.
-Más tarde Manuel, más tarde... más bien pásame el vino.
Continué repantigado gozando de la naranja lima y el vino.
Desde mi punto de vista, estaba en el cielo, gozando de la
comodidad del sillón y del magnífico panorama. Lo que no
podía entender era por qué razón Manuel estaba pegado a los
prismáticos mirando sin cesar a la montaña del frente. Me
acomodé bien, me quité los calzados y dejé que mi cuerpo se
caliente bajo el sol. Ese descanso me ayudó a despejar mi
mente y relajarme de verdad. Descansando perdí la noción del
tiempo, hasta que volví en mí con los ruidos producidos por
los amigos: Juan, Fernando y Lyssi. Habían logrado alcanzar
nuestra posición para ayudarnos a bajar. Cortaron
abruptamente mi deleite mental. Me encontraba mirando las
nubes, proyectando mis engramas psicológicos en ellas. (¡Qué
molestia y atrevimiento, cortar mi relajación de tal manera!)
Llegaron agitados, preocupados y presurosos para ayudarnos a
bajar del peñasco, pero, al igual que yo, quedaron con la
boca abierta al ver que Manuel y yo estábamos cómodamente
estirados y que no corríamos ningún peligro.
-¡Caramba, nos hemos preocupado por gusto! -Dijo Juan.
Todos nos acomodamos e iniciamos una animada plática,
comiendo naranjas lima, tomando unos sorbos de vino, mirando
el magnifico horizonte y la hermosa vista de la ciudad del
Cusco. La comodidad del sillón nos indujo a no hacer nada e
ir disfrutando poco a poco de los bocadillos que habíamos
llevado a aquel paseo de limpieza espiritual: galletas de
chocolate, pescado enlatado, frutas, agua mineral, chiri
uchu, panes de trigo y otras delicias. Al deleite de la
comida se añadió el deleite de la vista panorámica de la
ciudad.
Mientras gozábamos de los rayos de nuestro padre sol y del
ocio puro, Manuel insistía en hacernos ver la montaña del
frente. Yo fui el primero en aceptar la oferta y miré, lo
primero que vi fue la pradera plena de sol y flores, hermosa,
pero nada inusual.
-Abajo Salvador, baja la vista y mira la base de la montaña.
-Me recomendó Manuel.
Siguiendo sus instrucciones fui bajando los prismáticos y
observando las faldas del cerro, hasta que llegué a la base.
Me quedé sorprendido e intrigado por lo que vi. Se trataba
de una gran cueva que conducía al interior del cerro, en la
entrada estaban talladas en piedra, una serie de imágenes y
símbolos, además, había flores y ofrendas diseminadas en lo
que parecía ser un gigantesco altar. Uno por uno los amigos
fueron apreciando la extraña vista. A partir de aquel
momento, todos fingimos seguir disfrutando de la comodidad,
sin embargo, estábamos inquietos por el deseo de ir hasta la
montaña y enterarnos directamente de qué se trataba.
***
Luego de un rato, decidimos abandonar el
lugar e ir a observar la gigantesca cueva. La montaña en
cuestión estaba a unos tres kilómetros, de tal manera que no
nos tomó mucho tiempo llegar. A medida que nos acercábamos,
la vegetación se hizo escasa por el efecto de las numerosas
fogatas que la gente había encendido allí. La cueva estaba
enclavada en la roca del cerro, sobre la entrada había
tallada una gigantesca figura zoomorfa, similar a una cabeza,
parecida a la de un can mitológico, sus ojos eran dos
hornacinas donde la gente había colocado flores y ofrendas.
Al acercarme a la entrada me detuvo un fuerte olor a
minerales fundidos. Hice una señal a los amigos para que se
acerquen, todos sintieron la misma sensación, el mismo olor.
Lissy nos preguntó:
-¿Qué es esta cueva, qué hay adentro? ¿No creen que
deberíamos ingresar? Parece un lugar de adoración al diablo.
-¡Ni se atrevan! –Les advertí- Es una caverna que
seguramente exhala gases venenosos, puede ser peligroso.
Mejor sería sacarle unas fotografías e irnos.
Mientras conversábamos intercambiando puntos de vista, nos
vimos sentados muy cerca de la entrada, fumando cigarrillos
y hablando de manera beligerante. Manuel se paró y nos gritó:
-¡Son una tira de imbéciles timoratos, voy a ingresar
enseguida para ver qué hay adentro!
Nos incomodamos mucho por su actitud. Inmediatamente me di
cuenta que estábamos siendo victimas de un efecto
psicoactivo producido por los gases que provenían de la
cueva. Con la poca cordura que me quedaba les grité:
-¡Estamos intoxicándonos con los gases, tenemos que
alejarnos!
Tomamos por la fuerza a Manuel, intentando detenerlo. Era él
quien mostraba más claramente los efectos de la intoxicación.
Habíamos logrado sacarlo y estábamos dando unos pasos para
alejarnos, cuando Lissy cayó, se desplomó desmayada. Todos
observamos la escena y lejos de acudirla, rompimos en
grotescas risotadas y la abandonamos. Desistimos del deseo
de alejarnos. Dispuestos a ingresar en las fauces de la
cueva, tiramos nuestros equipajes y gozando del olor,
ingresamos. El olor ya no nos causaba asco sino una
sensación embriagadora. Mientras dábamos los primeros pasos
hacia adentro, mi mente se llenó de pensamientos extraños,
sólo pensaba en beber y fumar. Manuel, (quien al parecer era
el más sensible), volteó para mirarnos, al verlo me percaté
que sus ojos estaban notablemente irritados. Al mirarnos nos
gritó:
-¡No vale la pena ingresar en este paraíso en compañía de
ustedes! ¡Tira de imbéciles! Me iré solo.
-¡Vete al diablo y ojalá seas devorado por alguna bestia! ¡jajá
jajá! -Le respondimos molestos sin intentar detenerlo.
***
A esas alturas ya estábamos atrapados en
la oscuridad de la cueva, caminando, adentrándonos en su
profundidad, completamente poseídos por el efecto de los
gases tóxicos. En un último momento de lucidez me di cuenta
que no era posible que continuáramos caminando sin
desmayarnos o desfallecer por el efecto de los gases. Algo
muy extraño estaba sucediendo con nosotros. Pronto perdimos
la claridad de nuestra conciencia, se fue abriendo ante
nuestra percepción una visión alucinógena. La cueva había
dejado de ser obscura, se desplegó ante nosotros un campo
iluminado por luz violeta. Nos encontrábamos en un estado de
conciencia diferente; el abochornamiento del ingreso
desapareció, nos sentíamos lucidos pero lujuriosos, llenos
de sentimientos bajos.
En cierto momento pensé que sería conveniente salir de la
cueva para traer a Lissy y dar rienda suelta a nuestros
deseos sexuales acrecentados. Estábamos caminando, hablando
entre risotadas sobre la posibilidad de salir y traerla. En
medio de nuestra conversación lujuriosa, llegamos a la
orilla de una laguna que se extendía ante nuestros ojos, no
nos atrevíamos a pasar debido al miedo natural que aún
existía en el fondo de cada uno, sin embargo, estábamos
resueltos a hacerlo, también nos detuvo momentáneamente la
perversa idea de salir y traer a Lyssi. Continuamente
gritaba uno y otro:
-¡Hay que traerla y la haremos nuestra, jajajajaja!
-¡Después la tiraremos muerta aquí en esta laguna rojiza,
nadie se dará cuenta!
Estábamos a punto de salir a traerla, cuando vimos a Manuel
salir completamente desnudo de una de las formaciones de
roca contiguas, nos miró y se acercó con una expresión
completamente transformada, agarrando una especie de
murciélago muerto. Nos miró y nos dijo:
-Me quedaré a vivir aquí. Al fin he comprendido que el
imperio de los instintos es la única manera de alcanzar el
verdadero éxtasis de la felicidad. ¡Adiós, me quedo!
Lo escuchamos asombrados; sin poder evitarlo, lo vimos
internarse en la laguna de aguas rojizas y alejarse nadando
mientras su cuerpo tomaba un color rojizo brillante. No soy
consciente del tiempo que permanecimos allí, parados en la
orilla de la laguna, alimentando pensamientos cada vez más
sensuales y carnales, observando pasar por la bóveda de la
cueva una serie de aves parecidas a murciélagos. Por fin,
después de un tiempo, me incorporé y dije a mis compañeros:
-Es tiempo de olvidar el insípido mundo exterior, he
comprendido que el camino de las sensaciones es el camino al
conocimiento de la verdad, es indispensable que hagamos uso
máximo de nuestros sentidos. ¡Vamos amigos, vamos a
intérnanos y cruzar la laguna!
-¡Sí, sí, sí! -gritamos en tono eufórico, y desnudándonos
nos adentramos en la laguna; primero corriendo en lo que
parecía ser agua caliente de color rojizo fosforescente, y
luego nadando raudos y ágiles. En ningún momento sentí
cansancio, todo lo contrario, a medida que avanzaba, sentía
fuerza renovada y delirante deseo de llegar a la otra orilla,
que ya podía verse. Los demás también nadaban con toda
fuerza, mientras gritaban:
-¡Lleguemos ya, apurémonos, allá seremos felices!
-¡Deseo encontrarme al otro lado!
-¡Deseo devorar carne y sentir el cuerpo de mujeres y
hombres junto a mí!
-¡Necesito conocer la sensualidad de los animales, quiero
relacionarme con seres diferentes, debemos llegar a la otra
orilla, ya!
A medida que el nado se hacia más intenso y rápido, nuestros
pensamientos se tornaban cada vez más carnales y llenos de
furia, varias veces, mientras avanzábamos, di y recibí
golpes de mis propios amigos, habíamos dejado de
reconocernos. Fernando y Juan tenían el rostro compungido,
los ojos brillantes y rojos, el cuerpo notablemente
vascularizado y el cabello electrizado por esa suerte de
agua fosforescente en la cual estábamos nadando. Cuando
estábamos a punto de llegar, vimos a Manuel parado en la
otra orilla, enloquecido, aferrado a una piedra como si un
fuerte viento o una atracción irresistible lo retuviera.
Gritaba con todas sus fuerzas:
-¡Váyanse, váyanse, de aquí no lograrán salir!
Uno a uno fuimos llegando a la orilla y salimos corriendo
hacia dónde se encontraba Manuel. A medida que avanzamos,
quedamos intrigados por lo que vimos. A pocos metros de la
orilla había un puente de soga y madera, muy delgado,
permitía atravesar un profundo abismo. Del otro lado se
podía escuchar ruido sordo y lejano; risas, gemidos y
alaridos de todo tipo; algo que parecía música y un
concierto increíble de luces de todos los colores,
enmarcadas por la gran bóveda de piedra que formaba el
interior de la cueva.
***
Aunque estábamos llenos de deseos de
seguir adelante, nos detuvo abruptamente el temor a lo
desconocido. El puente se veía invitante pero amenazador,
parecía ser la frontera de ese lugar. De algún modo supe que
si lo cruzábamos no volveríamos jamás. Mientras observaba el
puente, sentí un fuerte empujón que me hizo caer, al
incorporarme me di cuenta que era Manuel, quien cruzó
rápidamente el puente, empujándome a su paso. Se detuvo por
un momento al medio, pero luego de algunos instantes
continuó. Fernando le hizo un último llamado:
-¡Manuel, llévanos contigo!
No contestó. Desapareció en medio del ruido y la luz
mortecina del otro lado. Poco tiempo después, nos hallábamos
dando los primeros pasos por el puente de soga y madera,
aunque se sacudía y daba la sensación que se rompería y
caería, nadie se detuvo. Al dar los primeros pasos pude ver
el final del puente, no había nada claro, se veía un vacío
iluminado tenuemente por luz roja fosforescente y
ocasionales destellos de luces de otros colores, en las
paredes adyacentes habían formaciones de piedra y extrañas
plantas. Todos sentimos una insoportable falta de aire, se
notaba que a medida que avanzamos los primeros pasos, el
aire respirable o aquello que nos mantenía vivos, parecía
extinguirse detrás de nosotros y hacerse generoso hacia el
otro lado, estábamos siendo atraídos irresistiblemente; al
llegar a un punto, la sensación de falta de aire se hizo
insoportable.
Al avanzar por el puente, la sensación de asfixia se atenuó
y me vi encabezando el ingreso en ese ignoto mundo. Calculo
que estaríamos a la mitad del puente, cuando hallamos
centenares de piedras rojas fosforescentes, esparcidas sobre
el piso, de cerca parecían piedras volcánicas en estado de
incandescencia, sin embargo, al mirarlas con detenimiento me
di cuenta que eran cristales. Toqué uno de ellos con un dedo
sin sentir daño alguno, entonces lo tomé y lo levanté. El
cristal desplegó una fuerte luz roja, alumbraba en la
dirección en que uno lo dirigiera, en cada lugar que alumbré
pude ver muchas plantas, extrañas aves y formaciones de roca.
Mis amigos también tomaron cristales, estaban alumbrando a
las paredes de la cueva. Estábamos a punto de terminar de
cruzar el puente, pero lo que vimos fue espeluznante: ¡Venían
corriendo hacia nosotros, a toda velocidad, lo que parecían
ser seres humanoides con rasgos de bestias! Estaban desnudos
y llenos de fiereza en sus rostros y expresiones. El miedo
nos hizo desistir de la idea de ingresar, se acercaban
rápidamente dando alaridos. Nosotros también empezamos a
gritar. Empuñé mis manos para defenderme, me vi el brazo
lleno de pelos, fortalecido y grueso. Cuando vi a mis amigos
también pude comprobar que estaban transformándose. En
cierto momento, algo me iluminó, arrojé el cristal hacia los
seres que ya estaban por ingresar al puente, hubo un gran
destello seguido de gritos de los que estaban al otro lado.
Ante la inminencia de que nos atrapen, iniciamos una
desesperada huida, corrimos tan rápido como pudimos para
alcanzar la laguna y regresar. Mientras corríamos, Juan
gritaba:
-¡Dónde se encuentra Manuel, dónde se encuentra Manuel!
Apresuradamente di una mirada panorámica en un último
intento por ubicarlo, pero no lo hallé. Los demás hicieron
lo mismo, sabíamos que se había perdido más allá del puente.
Mi instinto de conservación me lanzó corriendo hacia la
laguna, a la cual llegué cuando mis amigos ya estaban
nadando hacia el otro lado. Me lancé y comencé a nadar
furiosamente, pues sentía a pocos metros los gritos y
sonidos que emitían los extraños seres que nos perseguían.
Mientras huía llegué a sentir que me tomaban por los pies.
Avanzaba luchando contra ellos, tratando de huir sin ser
atrapado. No comprendo de dónde saqué fuerzas, ni de dónde
la sacaron mis compañeros, a quienes también vi nadando
frenéticamente, dando patadas contra los seres demoníacos.
En medio de la fragorosa fuga, justo en el momento en que ya
lograba divisar la orilla externa de la laguna y me
encontraba cerca de alcanzarla, se me nubló la mente. No
recuerdo claramente cómo logré salir.
***
Un tiempo indeterminado después, aparecí
en la puerta de la cueva, lleno de magulladuras, al igual
que mis compañeros. Quienes nos auxiliaron al salir, nos
habían cubierto con mantas. Al volver en mí, lo primero que
hice fue tratar de huir. Fui detenido por una persona y al
darme cuenta que ya estábamos fuera, indagué por Manuel:
-¡Manuel, Manuel! ¡Dónde está Manuel!
-¡Esperábamos que ustedes nos dijeran qué ha pasado con
Manuel! No ha salido aun. Ustedes han salido hace quince
minutos, completamente desquiciados, desnudos, magullados,
mojados y gritando. Inmediatamente después de salir, todos
perdieron el conocimiento, tú has sido el último en volver
en sí, pero Manuel no ha salido, en cualquier momento
llegará una comisión de Defensa Civil y los Bomberos.
Tenemos que hacer algo para rescatarlo. - Me dijo Lissy
tomándome de la mano, visiblemente nerviosa y alarmada.
Luego nos juntamos en un círculo, sentados a varios metros
de la entrada a la cueva. Me pidieron que informe a la
policía de lo sucedido. Relativamente recuperado de la
fuerte impresión, tuve que hacer un esfuerzo y relatar
nuestra experiencia al oficial. Mientras relataba nuestra
aventura, Lissy y los ocasionales oyentes: turistas,
bomberos y efectivos de la policía, me miraban admirados,
mientras que mis compañeros confirmaban mi versión con
frases afirmativas o añadiendo detalles que yo no mencionaba.
Al terminar el relato, el médico internista que estaba a
cargo de nuestra atención, nos dijo a todos los afectados:
-Debemos entender, de acuerdo a lo relatado por ustedes, que
vuestro amigo Manuel no volverá a salir, que ha muerto o
desaparecido en la cueva.
-Lamentablemente es así Doctor. - Respondí.
-Estimados amigos, si hemos escuchado vuestro relato es
porque necesitamos esa información para disponer que la
patrulla de rescate ingrese con alguna información que
resulte útil para el operativo, sin embargo, después de
haber escuchado el relato, me parece que carece de toda
coherencia, obviamente aun se encuentran intoxicados por los
gases. Todo lo sucedido ha sido producto de la intoxicación,
es mejor que lo olviden. Es muy probable que vuestro amigo
aun se encuentre inconsciente dentro de la cueva. -Nos
respondió el joven médico con expresión de incredulidad.
Nosotros reclamamos defendiendo la veracidad de nuestro
relato, pero tuvimos que ceder ante la incredulidad de los
presentes. Estaba a punto de comenzar el operativo de
rescate, cuando el policía dio un fuerte grito:
-¡Bájese hombre, salga de ese lugar, esa cueva contiene
gases venenosos!
Todos volteamos para ver a quien le gritaba el policía,
entonces vimos que había un hombre parado en la entrada de
la cueva, mirándonos. Ante el grito del policía, se acercó,
todos quedamos sorprendidos al verlo. ¡Era Manuel, pero
estaba completamente transformado! Estaba desnudo con el
cuerpo teñido de un color rojo mineral. Su rostro se veía
alterado, pues sus facciones se mostraban grotescas, su voz
sonaba gruesa y amenazadora, y su cuerpo se veía fuerte,
velludo y anormalmente brillante. Su cabello lucia
completamente erizado y daba la idea que estaba electrizado.
Verlo directamente fue como observar al mismo diablo.
-¡Dios mío, qué te ha pasado Manuel! –Grité, y junto a los
demás nos alejamos a una distancia prudencial, pues temíamos
un ataque.
En cuanto se acercó, el policía le pidió que se detenga,
pues estaba dispuesto a disparar, luego, gritando le pidió
sus documentos, a lo cual Manuel respondió desafiantemente:
-¿Mis documentos? ¡Jajaja, no me haga reír payaso! Yo no
tengo documentos, no los necesito. ¡Ya no soy un simple
hombre, soy un ser superior!
-¡Tendré que detenerlo hasta que aclaremos su identidad! -Le
advirtió el policía.
-¡Jajajajaja! Vamos hombre, si desean saberlo; Luz de Fuego
es mi nombre, pero si les consuela o les ayuda, fui Manuel.
En cuanto a mis documentos, tenga, puede ser que esto le
sirva para saber de donde vengo y tener la certeza que toda
la historia que ha sido relatada por los señores, es
absolutamente cierta. ¡Yo he abierto la puerta del infierno!
¡Vengan junto a mí, hay una existencia superior en el calor
del fuego! -Respondió hablando con voz gruesa, demoníaca y
expresión satánica en sus ojos, mientras lo mirábamos llenos
de temor.
Observé atentamente cuando Manuel le entregó algo al policía.
El y los demás rescatistas estaban dispuestos a detener a
Manuel, pero se retiró ágilmente, dando gráciles saltos que
una persona normal no hubiera podido dar. Lo vimos
internarse rápidamente en la cueva. Nada pudimos hacer para
detenerlo, desapareció. El policía se quedó gritando una y
otra vez:
-¡Oiga, deténgase, deténgase!
Gritaba mientras agarraba aquello que Manuel le entregó. La
cuadrilla de rescate se organizó para ingresar. Mientras
terminaban de organizar sus cosas me acerqué al policía y le
pedí que me mostrara aquello que Manuel le entregó, pues,
luego de mirarnos sin hablar, comenzamos a sospechar lo peor.
Todos se acercaron y entonces el policía finalmente abrió la
mano, con visibles muestras de encontrarse muy nervioso,
dejando caer al suelo un cristal que iluminó nuestras vistas
con un destello rojo. Al verlo, todos los que ingresamos a
la cueva, gritamos:
- ¡El Cristal, es uno de los cristales del puente!
-¡Nada va a detener el operativo de búsqueda! –Advirtió el
policía poniendo orden-. En cuanto a ese cristal, debe ser
algún truco de ese loco.
Volviéndose hacia mí, me dijo que me llevara el cristal si
lo deseaba. Así lo hice, era un cristal del tamaño de una
moneda grande que brillaba al moverlo o tocarlo. Yo no tenía
dudas que era uno de los cristales del puente. En ese
momento quedamos completamente convencidos de la veracidad
de nuestra experiencia. Lo guardé con el propósito de
estudiarlo más adelante.
La cuadrilla de rescate estaba lista. Se despidieron para
ingresar. Traté de advertirles del peligro una última vez:
-¡Por favor no ingresen! Es un lugar muy peligroso,
probablemente no logren salir. Volveremos nosotros, queremos
rescatar a Manuel, nosotros podremos convencerlo. El hombre
está trastornado, lo mismo les podría suceder a ustedes.
No hicieron caso de nuestras peticiones, avanzaron a paso
firme, llevando puestas unas mascaras de gas y un complicado
equipo, los vi internarse en la cueva y aun logré escuchar
sonoras carcajadas maliciosas, unos segundos después de su
ingreso. El equipo de paramédicos nos obligó a caminar hasta
la carretera, donde nos esperaba una ambulancia para
trasladarnos a un hospital.
Mientras la ambulancia avanzaba, miramos una y otra vez el
cristal. Sabíamos que Manuel había sufrido una
transformación, que había sido poseído por la maléfica
influencia de la cueva. Lyssi me miró inquisitivamente, como
tomándome cuentas por lo sucedido. No tuve alternativa, le
dije lo que pensaba:
-Lo siento Lyssi; pero debo decirte que los rescatistas no
sacarán a Manuel y muchos de ellos no volverán. Manuel se ha
convertido en un ser demoníaco. Esa cueva es la puerta del
infierno…
FIN.
Escrito en Cusco. 2001. - Autor: David Concha Romaña

Carlos Olivera Aguirre. "Camino al Aquelarre".
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